Miro hacia atrás y me doy cuenta de que nada de lo que hice por los demás y nada de lo que di de mí a otros sirvió para nada. Ninguna de mis pocas virtudes y ninguno de mis aciertos me ha conducido a alguna parte. Toda mi lealtad incondicional y todo mi apoyo hacia los demás han sido vanos y han perecido sin dejar rastro alguno. Tanto esfuerzo, tanta paciencia, tanta sinceridad, tanta comprensión, tantas conversaciones malgastados. Llegué hasta aquí sin haber llegado a ningún lado, y ¿cómo recomenzar cuando uno ya está agotado? Sé que no quiero lo que tienen los demás, porque quiero algo genuino, no la repulsiva resignación a relaciones parciales, hipócritas, desleales. Todos mis intentos han sido vanos, todos los riesgos corridos los he pagado. Ya no tengo más palabras, más argumentos, más gestos que aquellos que han fracasado reiteradamente. Tanta claridad y tanta capacidad para comprender el modo en que piensan y actúan los demás no me han servido para lograr nada, absolutamente nada. Qué resignada e inmutable sensación de fracaso...
No hay comentarios:
Publicar un comentario