Lo primero sobre lo que quiero escribir - y que constituye el núcleo sobre el que seguiré escribiendo - es el maldito juego de máscaras que me horrorizó por primera vez a los quince años y que hoy en día todavía me prohibe relacionarme "adecuadamente" con la gente. Recuerdo una imagen que tuve en aquella época cuando creí descubrir el modo en que nos relacionamos socialmente. La imagen podría ser descripta de esta manera:
"Todos estamos en una isla usando máscaras y desempeñando distintos papeles en una gran obra de teatro. Todos sabemos que estamos actuando, de modo que cada uno de nosotros sabe que lo que el otro dice es falso. Sin embargo, hay una sola prohición que rige en la isla: nadie debe decir en voz alta que se trata de un juego o un teatro, aun cuando todos lo sepamos. El castigo para el que lo diga es ser atacado y marginado. Además, nadie va a reconocer al que viole esa prohibición que lo que dice es verdad, sino que van a negarle una y otra vez que se trata de una gran mentira y van a tratarlo como si fuera un loco."
Volví a sentir esta sensación una y otra vez durante años, no sólo cada vez que me relacioné con gente de manera más íntima sino también cada vez que he observado el modo en que la gente se relaciona, incluso en el caso de aquellas relaciones que supuestamente presuponen total confianza y absoluta franqueza. Lo que actualmente sigue asombrándome es no comprender cómo las personas logran estar satisfechas o soportar tener ese tipo de relaciones. Sé que prefieren eso a estar solos o a revelar sus secretos, debilidades y defectos, pero incluso sabiéndolo no logro entender cómo prefieren tener ese tipo de relaciones a estar solos. Si en ese tipo de relaciones uno está en realidad solo, ¿qué sentido tiene tenerlas? ¿Por qué no demostrar exteriormente (estando solo) lo que sentimos en nuestro interior?
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